A menudo me preguntan de dónde viene mi pasión por el aceite de oliva, y debo reconocer que fue amor al primer bocado. Era una niña cuando probé mi primera aceituna: ese sabor tan delicioso, esa textura tan única, ese tamaño tan perfecto…
Es verdad, siempre me han encantado las aceitunas y el aceite de oliva. Crecí en una familia andaluza de Jaén, donde las aceitunas y el aceite de oliva ocupaban un lugar central. Recuerdo a mi abuelo, que tenía un olivar: me admiraba el amor y la delicadeza con que cuidaba sus olivos. Fue él quien me transmitió este amor por este árbol milenario.
Muy pocas plantas cultivadas son tan antiguas y tan míticas como el olivo. Los beneficios del aceite de oliva para la salud se conocen desde la Antigüedad. Los fenicios introdujeron el cultivo del olivo en España hacia el año 1100 a. C. Sin embargo, no fue hasta el año 206 a. C., tras la conquista romana de Hispania, cuando la producción de aceituna empezó a cobrar importancia. Hipócrates recomendaba el aceite de oliva contra la bronquitis y el cansancio. En la Antigüedad, los vencedores olímpicos recibían coronas de ramas de olivo en lugar de medallas.
Después de la Última Cena, Jesús rezó en el Huerto de Getsemaní, un olivar situado al pie del Monte de los Olivos, en Jerusalén. Se cree que algunos de los árboles que siguen allí hoy ya bordeaban el camino de Jesús y sus discípulos.
Debo reconocer que no uso el aceite de oliva con moderación: lo pongo en todo. Es mi pasión.
Mi amor por el aceite de oliva me ha llevado a interesarme cada vez más por él. Creo que la historia de la civilización occidental refleja la del olivo, ya hablemos del comercio, de la salud y la medicina, de la belleza, de los rituales o de la cocina.
De hecho, ninguna otra planta, salvo quizá la vid, está rodeada de tanta tradición, romanticismo y misticismo como los olivares antiguos.